Oración internacional - Apóstoles Hoy

Enero de 2012

 Dios Amor Infinito

 Meditación XXVIII (OOCC XIII, pp. 141-146)

El Amor infinito y la Misericordia infinita de N.S.J.C. en el Desierto

Introducción: 

“Jesús mío, quién habría podido imaginar que un Dios eterno, inmenso, incomprensible, beato en si mismo, sabiduría por esencia como eres Tú, ofendido y ultrajado por nosotros, hecho hombre por nostros, podría llegar a hacer todo esto aunque haya previsto que nos ería correspondido con amor y gratitud, y que más bien sería poco conocido y muy criticado? Ah Dios mío, yo no entiendo, siento tu Amor infinito, y tu infinita Misericordia pero no la comprendo, y la olvido a cada momento!” (OOCC XIII, pp. 141-146).

Reflexión:

San Vicente Pallotti nos ayuda a reflexionar acerca de la renuncia total de nuestro Señor Jesucristo. Él quiso retirarse, antes de iniciar su ministerio público, para enseñarnos que en nuestra humanidad podemos, viviendo la Palabra, superar todas las tentaciones. Así lo ha hecho Jesús. Con la Palabra ha rechazado el diablo: “Pero él respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”(Mt 4,4). Es una prueba del Amor infinito de Dios por nosotros: Jesús en el desierto,  aún cuando no tenía ni agua ni alimento, y en las tentaciones, no se valió de su naturaleza divina, sino antes bien a través de una kenosis, abajamiento, ha sufrido y hecho posible la victoria como hombre: “El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que despojándose a sí mismo asumió la condición de esclavo, asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre”. (Filipenses 2, 6-7).

Es fundamental saber que nuestro Señor Jesucristo, siendo Dios, conoce cada cosa, incluso nuestra infidelidad a sus enseñanzas: ya sabía que nosotros, sus discípulos, no seguiríamos plenamente sus ejemplos, mas nos ha querido conceder la gracia, la posibilidad de una victoria, fruto también de una entrega del "yo", individualista y prepotente. Pallotti nos regala así una ulterior orientación para imitar santamente a nuestro Señor Jesucristo: abrirse, liberarse del apego al propio “yo”. Este es el objetivo de cada cristiano y de cada palotino/a que desea seguir el Evangelio y su carisma con mucho más entusiasmo y empeño.

El desierto, del que habla la Biblia y que San Vicente Pallotti cita, nos conduce a la soledad, a lo esencial: allí volvemos a encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. Esta experiencia nos empuja a un diálogo íntimo y verdadero con Jesús que puede aliviarnos del peso de los vicios de la vida y configurarnos más perfectamente a Él.

Pallotti ha propuesto también a sus hijos espirituales, a través de los retiros mensuales, este encuentro profundo con el Señor, a fin de que nos volvamos más concientes de nuestra miseria e incomprensión frente al inmenso y amoroso plan de Salvación del Señor. Es necesario reconocernos “nada” -como ha hecho San Vicente toda su vida- y así percibir que Dios nos hace dignos hijos suyos, hermanos de Jesús, y nos hace sus herederos. El nos hace partícipes de su amor!

El amor de Dios por nosotros se revela, más concretamente, a través de la Misericordia Infinita que nos da el derecho y la alegría de relacionarnos familiarmente con Él, pero nosotros, a veces, lo ignoramos, prefiriendo una vida frenética. La Misericordia nos enseña a vivir con amor, pero nosotros muchas veces elegimos el egoísmo y la autosuficiencia. El amor de Dios nos enseña la brecha entre las cosas vanas y nosotros, sin embargo, estamos más atentos a las cosas menos importantes.

La invitación a una experiencia de desierto nos llama a romper el caparazón de nuestro egocentrismo, favorece la posibilidad de  percibir el amor incomprensible de Dios que nos invita a una vida verdadera, concientes de que sólo Jesús –nuestra guía- es el Camino auténtico.

El desierto puede convertirse en lugar de diálogo con el Señor que potencia los deseos más auténticos que Él pone en nosotros, y sobre todo nos posibilita superar nuestro egoísmo. El desierto es un espacio idóneo para trascender nuestra individualidad y percibir que, aún en nuestra frágil condición humana, la gracia de Dios, por los méritos infinitos de Jesucristo, continúa convocándonos a colaborar con el anuncio del Reino. 

Pensando...

El desierto también nos enfrenta al desafío de la soledad “humana” y nos invita a un mayor y sincero enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestra realidad, a fin de que caigan las “máscaras” que nos ponemos para ser aceptados por un grupo social o por nosotros mismos.

Sería importante saber acoger esta oportunidad para conocernos verdaderamente a nosotros mismos y así presentarnos al Señor sin hipocresía. ¿Tendremos el coraje de hacer la prueba?

Nuestro Señor Jesucristo se humilló a sí mismo, por amor a nosotros, renunció a su condición divina y se sujetó a su condición humana, aún en la tentación. Nosotros, en cambio, aún conociendo la enseñanza de Jesús humilde, a menudo somos presuntuosos y nos vanagloriamos de nuestros cargos y nuestra posición social. Pero Él ha vencido por su humildad y nos invita a confiarnos a la gracia para superar las tentaciones. Preguntémonos: ¿nos dejamos vencer por la vanidad? ¿Afrontamos las diversas situaciones solos o nos confiamos con humildad al Señor a fin de que, Él que ha experimentado situaciones similares, nos pueda ayudar?

Con la experiencia del desierto, Jesús nos enseña que, aún a través de la mortificación de la carne, podemos llegar a una más íntima comunión con Dios. Nuestro Señor ha iniciado su ministerio público después de la experiencia del desierto, donde ha experimentado hambre, sed y soledad. Nosotros, respondiendo al mandato misionero: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda creatura” (Mc 16, 15-16), y atentos al Carisma palotino de colaborar con el apostolado de Jesucristo, somos llamados a hacernos cargo de las preocupaciones y los sufrimientos del prójimo. ¿Tenemos la sensibilidad de meternos en la piel del otro para comprender sus aflicciones y anunciar el Evangelio en modo eficaz? 

Oración: 

Tú eres mi perseverancia

"Dios mío, Misericordia mía, soy infinitamente indigno del don de la santa perseverancia,  y sólo Tú conoces los grandes, infinitos males que he realizado por no haber permanecido fiel a mis propósitos, y por no haberme beneficiado con los medios que Tú me has dado para perseverar. Tú ves que yo hago una promesa y luego hago todo lo opuesto porque soy Homo peccati [un hombre pecador]. Pero tu Misericordia infinita, por los méritos de Jesucristo, por los méritos y la intercesión de María Santísima y de todos [los Ángeles y] los Santos, me asegura que Tú me desocolocas en todo ahora y siempre: y Tú obras en mí, Tú Padre, Hijito y Espíritu Santo, y todos tus infinitos Atributos infinitamentente misericordiosos ahora y siempre obran, y por toda la eternidad obrarán en mí como han obrado también desde toda la eternidad. Y tú mismo oh Dios mío, eres mi Perseverancia. Tú mi bien eterno. Tú mi todo. (OOCC X, 734-735, Ejercicios espirituales en Montecitorio para párrocos y confesores, 1842).    

Isaías 58; Oseas 2:19-21; Miqueas 6:8; Salmo 7;

Mateo 25: 31-46; Lucas 10:25-37; Lucas 16:19-31; Santiago 1:19-25.

Oración final

“¡Dios mío! ¡Padre mío! ¡Amor mío infinito, justicia por esencia! Yo soy viva imagen vuestra. Mas, por mi horrendìsima ingratitud, oh, cuán deformado estoy, oh, cuán reo soy por innumerables pecados, que he cometido y que he hecho cometer por no haber sacado provecho; más bien por haber obrado en oposición al amor infinito y a la misericordia infinita, con la cual me habéis creado a vuestra imagen y semejanza. Por eso he merecido todas las penas del tiempo y de la eternidad tantas veces multiplicadas cuantos son los pecados que he cometido y he hecho cometer. Mas, por vuestra infinita misericordia, por los meritos infinitos de Jesucristo, por los meritos y intercesión de María santísima y de todos los ángeles y santos, tengo firme confianza y creo ciertamente que, súbitamente, me concedéis la perfecta contrición de todos mis pecados, la gracia de usar todos los medios para ser justo con vos, oh bondad infinita, con mi prójimo y conmigo mismo; a fin de que, en el momento de mi muerte, me halle dispuesto a ser semejante a vos en la gloria por toda la eternidad. Amen.” (Dios, el Amor Infinito, med. XVI).


 

[1] Cada persona es “singular en su esencia” y como tal es “esencial” en su humanidad. Cada persona incluida aquella con capacidad diferente tiene su particular importancia (M. Overdick-Gulden, Der Leib ist erzähltes Leben, in: Die Tagespost del 3.2.2007, n. 15, p. 12).